siento que la fiebre es una expresión mitológica que entra en los inviernos a mi mente y que quema con el calor del infierno, mi cuerpo suda los 39 grados que me hacen sentir como astronauta en la luna mirando el planeta tierra desde lejos. creo que ya es costumbre que año a año el calor de la gripe me atrape y encierre en mis sabanas por 4, 5, 6 hasta 7 dias soñando miedos, inseguridades, descifrando mi yo interno, descubriendo lo enamorado que puedo estar de ti.
después que termina la fiebre, los ciruelos florecen, el calor baja – el invierno ya terminó para mí – y es que aburre la idea de andar con mas de 7 kilos de ropa en cada salida. dos polerones, dos chaquetas, dos cortavientos, los guantes, las dos bandanas, las pantis, los bototos, los audifonos y el casco. aburrido estoy, ayer cuando llegué en la noche, creí recordar mi rencor al frío en una montaña de ropa que inventé en el piso de mi pieza. desesperado me envolví en las mantas de polar buscando el control de la tele y abrazando mi cama recordé lo dificil que es soportar la fiebre en invierno.

para llegar a la playa habia que bajar una pendiente de escaleras, entre vidrios, arena, y el sonido de las olas romper a lo lejos. antes de llegar estaba la cabaña, un tanto humeda por fuera por el clima de alla, el piso era de madera, el olor era increiblemente rico, ese olor a madera que se mezcla con la lana. recuerdo que había una chimenea, que solo se prendía por las noches de invierno para sentir el calor de esos árboles que arden para poder subir en algo la temperatura. toda la casa era de madera, toda para nosotros, para poder acurrucarnos en el sofa a ver una pelicula entretenida, para poder comer chocolate blanco, tomar café de ese rico que tu preparabas, o comer tostadas del pan que hacen en la playa, que es mucho mas rico que el que hacen aquí en la ciudad.

en tus ojos se reflejan las llamas del fuego – me dijo mientras me miraba.

siempre tan pendiente de mis ojos, de mis manos, de mis gestos. quizas estas enamorada y aún no valoras estar con la persona que realmente amas, a tu lado, preparando las sabanas y 5 frazadas para pasar la noche, ahí nosotros dos, yo a tu lado, por dentro el calor del fuego y por fuera las olas del mar desesperadas por querer llegar mas lejos.
te dormiste en mis brazos, y yo me dormí con el ritmo de tu respiración, ahí, en tu cuello, como un gatito regalón.

fijación: idea, palabra o imagen que se impone en la mente de una persona de forma repetitiva y con independencia de la voluntad, de forma que no se puede reprimir o evitar con facilidad.
y bueno, no puedo dejar de pensar en lo rico que es verte fumar, tu y tus ganas ansiosas de comprar cigarros y prender fuego. tus labios como que se juntan, tu pelo se mueve y tus pupilas cambian. supongo que la ansiedad disminuye entre ese humo que se eleva hacia arriba. aún recuerdo cuando me preguntaste por primera vez si me molestaba el humo. me encanta, me gusta, me enamora verte fumar. (y más si es con rush en tus labios)

El día estaba nublado, pero como estábamos en verano, la sensación era casi tropical. Nos embarcamos bordeando el mar, en una especie de jeep off road con unas ruedas gigantes, era cómodo, tan así como para poder disfrutar el viaje sin manejar, porque aunque no lo crean, es una de las situaciones mas angustiantes que puedo sentir al momento de ir a gran velocidad y no depender de mi mismo para conducir, en otras palabras: tengo que manejar siempre. Las plumillas iban hacia la izquierda y luego a la derecha, la lluvia era del sur. Paramos en la carretera en uno de esos negocios donde atienden abuelitos rodeados de gallinas, patitos y un par de ovejillas. Nos faltaba pan.
Después de tanta lluvia y pavimento, comenzó el camino de tierra, el ruido era un poco molesto y ya no disfrutábamos de las canciones, sino de piedras bajo nosotros y el zigzag que nos tenía a punto de vomitar. Después de un par de minutos el camino se terminó, bienvenidos a la reserva nacional: parque alerce andino, decía el letrero.
Empezamos la caminata, con nuestros bastones gigantes caminando poco a poco internándonos en la selva de color verde, parecíamos hobbits, rumbo a mordor, con nuestras mochilas, el alimento, el abrigo y la caminata sin parar hacia nuestro destino. Las fotografías inmortalizaban ese momento, cámara digital, cámara análoga, mas la del celular, todo para fotografiar lugares hermosos, únicos, en los que nunca pensé conocer.
De tanto caminar el sol nos quemaba la piel, despues nos llovía. Mi pelo estaba rapado y sentía el frió del viento en las orejas. El almuerzo fueron dos marraquetas con mucha palta, lechuga, huevos duros, tomates y mayonais, el postre chocolates y a seguir la marcha. Subidas bajadas, humedad, los sonidos de los pájaros, y el miedo inmenso a que en cualquier momento nos asaltar un puma. Estábamos solos, eramos los únicos caminando. Un par de letreros nos guiaban y luego de dos horas de caminata por fin pudimos conocer los alerces, árboles milenarios que están ahi, anclados a la tierra soportando mas de 3mil inviernos, imaginan eso? 3 mil inviernos. Y siguen ahí, entregando historia al bosque del sur.
La vuelta fue mas rápida, entre tanto caminar, el calor se hacia sentir, entonces de un momento a otro seguimos el sonido del río, necesitábamos descansar. No puedo olvidar que era un túnel de hojas, un túnel verde, como en los cuentos de alicia en el país de las maravillas. Al llegar al borde del río, recuerdo que me saqué la polera, los pantalones, las zapatillas y me armé de valor para saltar a una posa que se formaba en la curva del rio. Fue una especie de conexión natural que sentí al flotar por un minuto mi cuerpo en el agua que fluye desde la cordillera. No importaba el frío, no importaba el peligro. Era el  cuerpo sintiendo el alma flotar mientras miraba al cielo esponjado de nubes que corrían hacia la cordillera en forma de lluvias. La risa descontrolada de mi hermano al verme en el río me despertó. Me sequé con el polerón, y me senté en una piedra al sol comiendo rolls blanco.
Después nos subimos al jeep, y me dormí mientras mi padre manejaba.

Sin título

La verdad es que no me acuerdo muy bien de como llegamos a valparaíso. Siempre tuve las ganas de conocer los cerros, los colores. Mi madre no era muy buena para viajar, solo se preocupaba de mi educación y la moral. Aún así siempre tuve las ganas, de salir lejos, de respirar el mar de cerca y confundirme con el horizonte casi infinito del mar.
Hacía frío, no conocía en lo mas mínimo el puerto. No teníamos mucho dinero tampoco, solo el suficiente para pagar los boletos del bus y comer algo por ahí. Tampoco teníamos mapas digitales, es por eso que una vez que llegamos empezamos a caminar guiándonos por el mar, en dirección al puerto. no hicieron falta mas de 10 minutos caminando para sentir el peso del cansancio, tu cara cansada y aburrida, pero por dentro haciendo una de las mejores historias de amor del planeta. Llegamos a una plaza donde siempre sale en la televisión, recuerdo por los colores grises y un par de estatuas de heroes patrios que me enseñaron en historia.
Subimos a un ascensor y aún no creo como lo pude hacer, creo que es por la seguridad que me dabas. La vista era privilegiada, y a pesar del miedo a las alturas, no quería bajar de ese lugar. Hacia frío recuerdo, andábamos con nuestras chaquetas y bufandas, todo era perfecto, así como la bajada entre calles de colores, y de gente que le encanta pintar, personas que crean y fluyen sus emociones mezclando colores, dibujando sentimientos en cada casa, muralla, de esa bajada.
Recuerdo muy bien esa felicidad de conocer la casa color turquesa-celeste que tanto esfuerzo me costó pintar en mi guitarra, y en el cuadro que aparece mi guitarra pintada. (suena raro, pero es la pintura, de la pintura) por fin estaba en ese lugar, y tu me estabas acompañando.
La tarde avanzo muy rápido, como en los días entretenidos, en que solo miras el reloj para ver cuanto mas queda por disfrutar. No sé como terminamos en un patio de comidas, comiendo papas fritas con bebida, recordando lo entretenido que es andar en el trolebús, me sentía como en una película del año 70.
Cuando volvimos hacia muchísimo frió, las ventanas del bus estaban empañadas de calor, era tanto el cansancio que me dormí en tus brazos.