El día estaba nublado, pero como estábamos en verano, la sensación era casi tropical. Nos embarcamos bordeando el mar, en una especie de jeep off road con unas ruedas gigantes, era cómodo, tan así como para poder disfrutar el viaje sin manejar, porque aunque no lo crean, es una de las situaciones mas angustiantes que puedo sentir al momento de ir a gran velocidad y no depender de mi mismo para conducir, en otras palabras: tengo que manejar siempre. Las plumillas iban hacia la izquierda y luego a la derecha, la lluvia era del sur. Paramos en la carretera en uno de esos negocios donde atienden abuelitos rodeados de gallinas, patitos y un par de ovejillas. Nos faltaba pan.
Después de tanta lluvia y pavimento, comenzó el camino de tierra, el ruido era un poco molesto y ya no disfrutábamos de las canciones, sino de piedras bajo nosotros y el zigzag que nos tenía a punto de vomitar. Después de un par de minutos el camino se terminó, bienvenidos a la reserva nacional: parque alerce andino, decía el letrero.
Empezamos la caminata, con nuestros bastones gigantes caminando poco a poco internándonos en la selva de color verde, parecíamos hobbits, rumbo a mordor, con nuestras mochilas, el alimento, el abrigo y la caminata sin parar hacia nuestro destino. Las fotografías inmortalizaban ese momento, cámara digital, cámara análoga, mas la del celular, todo para fotografiar lugares hermosos, únicos, en los que nunca pensé conocer.
De tanto caminar el sol nos quemaba la piel, despues nos llovía. Mi pelo estaba rapado y sentía el frió del viento en las orejas. El almuerzo fueron dos marraquetas con mucha palta, lechuga, huevos duros, tomates y mayonais, el postre chocolates y a seguir la marcha. Subidas bajadas, humedad, los sonidos de los pájaros, y el miedo inmenso a que en cualquier momento nos asaltar un puma. Estábamos solos, eramos los únicos caminando. Un par de letreros nos guiaban y luego de dos horas de caminata por fin pudimos conocer los alerces, árboles milenarios que están ahi, anclados a la tierra soportando mas de 3mil inviernos, imaginan eso? 3 mil inviernos. Y siguen ahí, entregando historia al bosque del sur.
La vuelta fue mas rápida, entre tanto caminar, el calor se hacia sentir, entonces de un momento a otro seguimos el sonido del río, necesitábamos descansar. No puedo olvidar que era un túnel de hojas, un túnel verde, como en los cuentos de alicia en el país de las maravillas. Al llegar al borde del río, recuerdo que me saqué la polera, los pantalones, las zapatillas y me armé de valor para saltar a una posa que se formaba en la curva del rio. Fue una especie de conexión natural que sentí al flotar por un minuto mi cuerpo en el agua que fluye desde la cordillera. No importaba el frío, no importaba el peligro. Era el  cuerpo sintiendo el alma flotar mientras miraba al cielo esponjado de nubes que corrían hacia la cordillera en forma de lluvias. La risa descontrolada de mi hermano al verme en el río me despertó. Me sequé con el polerón, y me senté en una piedra al sol comiendo rolls blanco.
Después nos subimos al jeep, y me dormí mientras mi padre manejaba.

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